Con Scott Robertson bajo presión, el rugby de Nueva Zelanda atraviesa un nuevo proceso de introspección. Más allá de los números —10 victorias en 13 tests durante 2025—, la sensación que dejaron los All Blacks fue la de un equipo inconsistente, con problemas defensivos, fallas de disciplina y ataques que se diluyeron bajo presión. Un seleccionado con talento de sobra, pero desconectado de su identidad histórica.
En ese contexto, comienza a ganar fuerza un nombre que, aunque hoy parece lejano, encaja de manera natural con el ADN neozelandés: Pat Lam, actual entrenador de Bristol Bears.
El rugby de Nueva Zelanda ha sido históricamente exitoso cuando confió en la toma de decisiones de los jugadores, priorizó la habilidad por sobre el control y entendió el juego como algo que se resuelve dentro de la cancha. Lam representa exactamente esa filosofía. Formado en el sistema neozelandés, con una fuerte influencia cultural de Samoa, ha construido equipos que piensan por sí mismos y se adaptan a contextos cambiantes.
Su trayectoria respalda el argumento. En Connacht, con uno de los presupuestos más bajos del PRO12, logró un título histórico en 2016. En Bristol, consolidó un equipo competitivo en la Premiership inglesa, practicando un rugby dinámico, ambicioso y basado en principios más que en sistemas rígidos. Equipos con identidad clara, roles definidos y libertad para ejecutar.
El gran cuestionamiento pasa por su falta de experiencia internacional y su larga estadía fuera de Nueva Zelanda. Sin embargo, esa distancia también le dio perspectiva, y la historia demuestra que entrenadores sin recorrido previo en selecciones —como Graham Henry— pudieron marcar época. Además, su decisión de permanecer en Bristol habla de compromiso y coherencia, no de falta de ambición.
Los problemas recientes de los All Blacks no están vinculados al talento, sino a la pérdida de identidad: quién decide, cómo se juega bajo presión y dónde reside la responsabilidad colectiva. Los equipos de Lam responden a esas preguntas con claridad, apoyándose en una estructura que potencia la expresión individual, un rasgo profundamente ligado a la cultura maorí y pasifika que hoy domina el plantel neozelandés.
Lam no impone un sistema extranjero: entrena un rugby de alto ritmo, alta habilidad e inteligencia, donde la comprensión del juego importa más que la obediencia táctica. Un estilo que remite a las mejores épocas de los All Blacks, cuando la confianza y la creatividad eran marcas registradas.
Hoy, no hay negociaciones ni movimientos concretos. Lam tiene contrato y foco en Bristol, y New Zealand Rugby piensa en soluciones más inmediatas. Pero si la dirigencia realmente busca una dirección a largo plazo, un entrenador que entienda qué son los All Blacks y por qué fueron dominantes, la respuesta podría estar más cerca de lo que parece.
Porque el rugby que Pat Lam entrena no es una revolución. Es, simplemente, rugby neozelandés en su forma más pura.








