La abrupta salida de Scott Robertson como entrenador de los All Blacks dejó muchas preguntas abiertas, no solo sobre el presente de New Zealand Rugby, sino también sobre el futuro inmediato de uno de los técnicos más exitosos del rugby neozelandés a nivel de clubes.
Lejos de salir de inmediato a buscar trabajo, todo indica que Robertson atraviesa primero un proceso lógico de asimilación tras perder el cargo que soñó durante años. El golpe fue duro: NZ Rugby decidió prescindir de sus servicios cuando aún le restaban dos años de contrato, originalmente vigente hasta la Copa del Mundo de 2027 en Australia.
Un despido que dejó heridas
La forma en la que se produjo la desvinculación no pasó inadvertida. El propio presidente de NZ Rugby, David Kirk, confirmó que Robertson no cobrará la totalidad del contrato restante, pese a estar firmado hasta fines de 2027.
“No necesitaremos pagarle por dos años”, afirmó Kirk, aclarando que, si bien no podía entrar en detalles contractuales, la unión no estaba obligada a abonarle el total del vínculo.
A esto se sumó otro condicionante clave: aunque ya no trabaja para NZ Rugby, Robertson no puede incorporarse inmediatamente a cualquier seleccionado internacional. Según explicó Kirk, existen cláusulas restrictivas que le impiden dirigir a otras potencias del rugby mundial durante un período aproximado de un año.
“Tiene ciertas restricciones sobre para quién puede trabajar y cuándo. Eso dura un tiempo, sobre todo con países de primer nivel”, señaló el dirigente.
Silencio y bajo perfil
Desde que se conoció su salida, Robertson mantuvo un perfil extremadamente bajo. Solo emitió un breve comunicado, a través de una firma independiente de relaciones públicas con sede en Christchurch, en el que expresó su decepción por no poder continuar al frente de los All Blacks. Desde entonces, no hubo declaraciones públicas.
Mientras tanto, Kirk rechazó públicamente que hubiera existido una rebelión de jugadores, aunque admitió implícitamente que había preocupaciones profundas sobre el rendimiento y el rumbo del equipo, especialmente de cara a una exigente temporada que incluía una gira de seis semanas por Sudáfrica.
¿Qué opciones aparecen en el horizonte?
Con el escenario internacional parcialmente vedado en el corto plazo, las alternativas de Robertson parecen concentrarse en el rugby de clubes.
Un regreso a los Crusaders no aparece como la opción más seductora. El contrato del actual entrenador, Rob Penney, finaliza al término de la temporada, pero Robertson ya conquistó títulos de Super Rugby de manera consecutiva entre 2017 y 2023. Volver podría sentirse como un paso atrás.
Europa es otra posibilidad concreta. Robertson conoce bien el rugby francés tras haber jugado en Perpignan en el cierre de su carrera profesional. En el pasado recordó con cariño esa etapa e incluso, en 2014, evaluó una oferta del Biarritz, antes de decidir quedarse en Canterbury y luego asumir en Crusaders.
Otra opción atractiva podría ser Japón, donde entrenadores neozelandeses como Robbie Deans, Dave Rennie, Ross Filipo o Todd Blackadder han encontrado proyectos sólidos y bien remunerados.
Una relación turbulenta con NZ Rugby
La salida de Robertson no puede analizarse sin repasar su larga y accidentada relación con NZ Rugby. En 2019 perdió la pulseada por el cargo de los All Blacks frente a Ian Foster, lo que lo obligó a continuar en Crusaders pese a su deseo de dar el salto.
En 2022, cuando la continuidad de Foster pendía de un hilo, Robertson fue informado de que el puesto sería suyo tras el Rugby Championship. Sin embargo, en uno de los giros más llamativos de la historia reciente, NZ Rugby decidió sostener a Foster hasta el Mundial 2023, dejando nuevamente a Robertson al margen.
Finalmente, fue confirmado como entrenador principal a partir de 2024, con un contrato de cuatro años, en una decisión que buscó evitar su salida al exterior. En ese momento, hubo pocos cuestionamientos.
El quiebre final
Dos temporadas después, la evaluación fue contundente: los All Blacks no lograron rendir a su máximo nivel bajo su conducción. La transición del Super Rugby al plano internacional resultó más compleja de lo esperado, y su staff carecía de experiencia en el entorno extremo del rugby de selecciones, con la excepción del entrenador de forwards, Jason Ryan.
La revisión postemporada, encabezada por Kirk y Keven Mealamu, dejó conclusiones poco favorables. Se entrevistó a alrededor de 25 jugadores, además de integrantes del staff, y las respuestas evidenciaron problemas recurrentes: falta de claridad ofensiva, dificultades para cerrar partidos y una sensación general de desconexión tras el entretiempo.
El informe final marcó el principio del fin para el entrenador conocido como “Razor”.
Hoy, con las heridas aún abiertas, Scott Robertson enfrenta un futuro incierto. Las opciones existen, pero el tiempo, las restricciones contractuales y el impacto emocional de su salida de los All Blacks serán factores determinantes antes de dar el próximo paso.
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