El debate sobre el lugar del scrum en el rugby moderno volvió a escena a partir de una particular publicación en RugbyPass. Allí, el periodista Daniel Gallan escribió una suerte de “carta de amor” a los pilares, a quienes definió como los artistas más incomprendidos del rugby union.
Lejos de reducirlos a su rol tradicional, Gallan reivindicó a estos jugadores como piezas clave en la identidad del juego. En su mirada, no solo son protagonistas de tries memorables o episodios pintorescos fuera del campo, sino también los verdaderos guardianes de la esencia del rugby, especialmente en un contexto donde el scrum parece perder protagonismo.
En ese recorrido, el autor mencionó a referentes de la primera línea como Joe Marler, Max Lahiff, Dan Cole, Steven Kitshoff, Trevor Nyakane y David Flatman, figuras que, según su análisis, ayudaron a desmitificar las llamadas “artes oscuras” del scrum y acercarlas al público.
Sin embargo, el eje del artículo pasa por una advertencia: existe una “incomodidad creciente” en torno al futuro de esta formación. Gallan señala que el scrum atraviesa un momento delicado, en el que incluso los aficionados parecen perder terreno. Como ejemplo, menciona situaciones recientes en el Seis Naciones, donde los scrums llegaron a ser interrumpidos por publicidad televisiva. A esto se suman las corrientes en países como Nueva Zelanda y Australia que promueven su reducción por considerarlo un aspecto lento del juego.
Frente a este escenario, el periodista plantea una reflexión de fondo: si en la búsqueda de dinamismo y optimización no se está dejando de lado aquello que hace único al rugby. “¿Y si el verdadero espíritu del rugby no está en los que esquivan rivales, sino en los que hacen el trabajo sucio que nadie quiere hacer?”, se pregunta.
El cierre del artículo refuerza ese llamado a la valoración de los pilares, con ejemplos que mezclan cultura popular y anécdotas del deporte. Desde la recordada historia de Martin Castrogiovanni junto a Zlatan Ibrahimović en Las Vegas, pasando por las corridas de Ben Tameifuna, hasta la consagración televisiva de Phil Vickery en Celebrity MasterChef.
En definitiva, Gallan deja una advertencia tan clara como provocadora: “Despojar al scrum es arriesgarse a despojar las condiciones que los crean”. Y concluye con una idea que interpela al corazón del juego: sin ellos, el rugby puede seguir funcionando, pero probablemente se sentiría un poco menos vivo.







