El rugby australiano enfrenta un fenómeno sin precedentes: más de 30 jóvenes jugadores formados en Sídney y Brisbane se encuentran actualmente en academias francesas, integrando la competencia Espoirs sub-21 y representando casi un tercio de los australianos que juegan en el exterior.
La mayoría de estos talentos —especialmente pilares derechos de gran porte físico— fueron reclutados por clubes del Top 14 y el Pro D2, atraídos por academias bien financiadas y por la posibilidad de obtener el estatus JIFF, que les permite no ocupar cupo de extranjero en el rugby francés tras tres años de formación.
Ante este escenario, Rugby Australia activó una estrategia más estructurada para mantener el vínculo con la diáspora juvenil, monitorear su evolución y abrir la puerta a un eventual regreso al Super Rugby y a los Wallabies. La reciente gira europea del seleccionado sirvió como punto de contacto directo, con entrenamientos compartidos y reuniones individuales.
Desde RA reconocen que muchos de estos jugadores dejaron el país en plena etapa formativa, pero remarcan que la mayoría mantiene el deseo de volver o representar a Australia. El desafío pasa por evitar casos como el de Manny Meafou, quien terminó consolidándose en la selección francesa, y por gestionar situaciones sensibles como la de Malachi Hawkes o la joven promesa Heinz Lemoto.
Si se maneja correctamente, el éxodo también puede convertirse en una oportunidad: sin costo para los clubes australianos, estos jugadores se forman durante años en uno de los entornos más exigentes del mundo, especialmente en el scrum y el juego físico. La clave será no perderlos definitivamente y lograr que ese desarrollo vuelva a nutrir al rugby australiano.








